Mariana Otero | 10 de febrero de 2026
En las últimas semanas, productores y organizaciones agropecuarias de Sinaloa han lanzado una advertencia: la próxima cosecha de granos enfrentará una caída significativa, tanto en volumen como en rendimiento, resultado de factores como la persistente sequía, altos costos de producción, problemas de seguridad y menor certidumbre comercial.
Los especialistas estiman que la producción de granos en el estado podría registrar una reducción de entre 15 y 20 por ciento, lo que en términos absolutos representa cientos de miles de toneladas menos en una entidad que se considera “El Granero de México”.
El contraste es inevitable cuando se coloca este escenario frente al objetivo del gobierno federal en materia de alcanzar la soberanía alimentaria. El discurso oficial apunta a producir más en casa y depender menos del exterior, pero la realidad productiva muestra que el camino es más complejo de lo que parece.
De acuerdo con cifras nacionales recientes, México sigue incrementando sus importaciones de granos, particularmente de maíz y sorgo, lo que amplía la brecha entre lo que se consume y lo que se produce internamente.
Desde el análisis técnico, el Grupo Consultor de Mercados Agrícolas ha advertido que la caída en regiones clave como Sinaloa tiene efectos en cascada: menor oferta interna, mayor presión sobre precios, incremento en importaciones y una dependencia estructural que complica cualquier estrategia de autosuficiencia. No se trata sólo de producir, sino de hacerlo con condiciones que permitan rentabilidad y continuidad para quienes sostienen el grueso del abasto.
El riesgo es claro: si estados como Sinaloa reducen su capacidad productiva, el impacto trasciende el campo hasta llegar a los consumidores y a la balanza comercial.
La soberanía alimentaria no se construye sólo con buenas intenciones, sino con agua, financiamiento, seguridad, tecnología y reglas claras para todos los eslabones.
Posdata. En medio de este panorama, vale la pena observar iniciativas que buscan fortalecer la producción nacional desde el territorio. Grupo Maseca, a través de su filial Gruma, mantiene programas de capacitación y acompañamiento técnico para pequeños y medianos productores de maíz blanco en distintas regiones del país, vinculados a esquemas federales de impulso productivo. Son esfuerzos que, sin resolver por sí solos el reto estructural, muestran que la coordinación entre empresa, productores y gobierno puede traducirse en mejores rendimientos y mayor estabilidad.
El desafío está sobre la mesa. Escuchar lo que ocurre en Sinaloa es escuchar al sistema alimentario en su conjunto. La soberanía alimentaria no será resultado de una sola política, sino de la capacidad de conciliar objetivos sociales con una producción fuerte, rentable y sostenible en el tiempo.
Fuente: El Heraldo de México